jueves, 6 de junio de 2013

Estúpida y sensual.

Sin pedir permiso, colada en mis pensamientos de una forma que ninguno de los dos había esperado. Sentada en mi cabeza balanceándose en el columpio de mis sueños sin haber llamado antes de entrar. "Esto no está bien". Si hay algo que lo esté que baje Dios y lo vea. Que me tiemblan las piernas al tenerla cerca y que sus labios son un fruto prohibido. Que Dios le dijo a Eva y que Eva mordió, yo también quiero morder pero le tengo demasiado miedo. Que dice no, y yo pido por favor un si de sus labios que me permita deslizarme por sus piernas una noche de locura hasta perder la maldita cabeza. Que no hay razón sólo condición y que ésta me enferma y ya no puedo aguantarla más sin perder el norte. 

Qué hoy por ti soy lo que me pidas. Aunque no quieras pedir. Aunque te niegues. Aunque no sea lo correcto. Aunque lo correcto me importe una jodida mierda hoy. ¿Le damos una oportunidad a los sellados labios que aún me piden en su silencio ser besados? No. Insistente que ataca, que duele, que araña como un gato rabioso. Sólo tú. Nunca había sentido algo así. No sé que es el amor. Esto es algo. Es distinto. Dime que lo sientes. 

No me engaño más, esa respuesta no va a llegar. Apartas mis miradas, caminas más rápido de la cuenta, no podré alcanzarte. ¿En qué jodido momento me fijé en ti? Te regalo mis buenas noches y promesas que no me dejarás cumplir. Si él ya no está yo puedo ser. Si no me dejas ser puedo seguir mendigando. Si mendigo es porque siento. Si siento es porque vivo. Si vivo es porque... ven.

¿Cena para...?

El problema en aquella casa es que nadie le entendía. En parte porque él no había querido que lo hiciesen, más nunca se atrevería a aceptar que eso mismo era cierto. Que todo había cambiado y que él, en aquellos momentos seguramente se sentiría más a gusto con sus hombres que lidiando con problemas familiares que, en su estado, se le iban de las manos. Había matado a un hombre ¿Ninguno de ellos podía entender aquello? No, porque no lo había dicho, no en voz alta, y le reprimía de forma que se exaltaba con cualquier comentario mal dicho, cualquier error, sin importar lo pequeño que llegase a ser. Su perdida mirada se clavó en su mujer cuando esta detuvo a su hija dándose cuenta de que él ya no era capaz de esto aunque su mismo tono de voz llegase a asustarlas. Su mirada se relajó, aunque sólo lo haría unos instantes. No se tenía que ser especialista para darse cuenta de la tensión en el cuerpo de Sam, completamente constante, su cuerpo erguido, sólo sus brazos se atrevían a moverse para llevarse a la boca un trozo de cualquier cosa, tanto pollo como puré. Sus ojos, cuando te miraban, no parecían hacerlo, te traspasaban cual fantasma de unas navidades que ni siquiera llegaron. Como si en realidad tú mismo no estuvieses allí, frente a él, sólo una sombra extraña que en su misma vida ya no tenía ni voz ni voto. Sam era sólo un recuerdo de algo que dejó lejos y que se lo llevó una muerte en sus propias manos, que ahora era difícil de recuperar, digo difícil, no imposible. 

Más fue la respuesta de su hermano la que no le gustó. Pues sabía muy bien que, aunque a Grace no le gustase, probablemente callaría, o no, no sabía tampoco como le había afectado a ella la supuesta muerte de su marido y su regreso. Aunque a lo mejor, y esto sólo pasaba por la mente de Sam, sería más feliz acostándose con Tommy sin tener que esconderse de él, su marido, la única persona a la que decía haber amado en su vida. Porque Sam podía verlo y adecentaba su misma locura, Tommy y Grace tenían algo, y no se creía lo de un beso confuso, mentiras, burdas mentiras que una persona como él nunca creería. 

- Tú no sabes que es lo que necesito, Tommy, si lo supieses muy posiblemente ni siquiera estarías ahí sentado. - 

Soltó, como si nada, uno de aquellos comentarios que Sam nunca hubiese dejado salir de sus labios en una cena como aquellas, más la tensión que se respiraba ya era más que evidente y en sus estado bien poco le importaba dar a entender lo que él mismo pensaba ¿Delante de sus hijas? Y del mismísimo Señor si bajase a cenar con ellos aquella noche, en la que la luna se ensombrecía bajo la atenta mirada de un Sam que ya parecía no sentir. El pollo cayó sobre su hermano, y Sam ni siquiera se inmutó. Dejaba su mirada azul marino, vacía, clavada en su Tommy cual cuchillos que atraviesan sin ser vistos y que luego, pasan factura.

miércoles, 24 de abril de 2013

¿Tú te acuerdas?

Yo sí, de vez en cuando. Esto acabará siendo más bien una reflexión que no un relato, algo más personal, algo que sale más de dentro, y es que si que me acuerdo, de todo. ¿De qué? De la gente que entra y que sale, de la que eché con fuerza y sin miramientos y de la que he dejado entrar con demasiada facilidad. Los humanos somos humanos, y aunque sea la excusa más universal de este planeta, si es más cierto que el error nos cae a todos encima como una maldita losa de barro asquerosa. 

Como humana, caigo una y otra vez contra la misma piedra, pero, como humana, sonrío cuando de verdad lo siento y lloro cuando lo necesito. He conocido a personas maravillosas en mi vida y sólo tengo veinte años. Desde pequeña, he tenido dificultad para relacionarme realmente - cosa que he ido cambiando con el tiempo - pero siempre había alguien con más vida que yo, con más ganas que yo, que se comía el mundo y a los demás por mi. ¿Puedo decir que he sentido la amistad como tal alguna vez? Sí. Aunque he llorado y he gritado he reído y he disfrutado como nunca con personas que he considerado como mis hermanos. ¿Necesitas realmente un mejor amigo o amiga? Esa es una respuesta que aún no tengo del todo clara.

He tenido a mi lado a personas maravillosas. De siempre. Que se atrevieron a llegar a mi corazón cuando parecía no ser tan fácil. He tenido miedo y he perdido a muchas por el camino, de formas posiblemente demasiado complicadas como para recuperar enteramente, pero me he sentido querida y probablemente eso sea lo más importante para mi. 

Si hablamos de amigos podría hablar de nombres. Y actualmente creo que tengo tres importantes, tres que destacan, tres que se escribirían en mi memoria con mayúsculas. Son tres nombres que no creo que haga falta que escriba, que se saben, que lo saben. Esas tres personas que, cuando pienso en ellas, recuerdo un cariño que no recuerdo con muchos más. Tres mujeres, tres con las que puedo decir que, a día de hoy, no las tengo tan cerca como en su momento, como cuando pensaba que nunca las tendría lejos. 

¿Ahora? No puedo quejarme. El mundo te muestra caminos que no has explorado jamás y que deseas conocer, personas que, afines a ti, se unen para hacerte reír hasta llorar. ¿Amigos? Sí, los tengo, y vosotros que sabéis quienes sois no tengo más que deciros lo mucho que yo os quiero. Las risas, las cenas, los locos cumpleaños y las locas fiestas. La música ¿eh?. Es mi maldito mundo y por eso estoy bien. La gente va y viene, la mayoría no para quedarse, pero yo sí quiero quedarme. 

Mentiría si dijese que no echo de menos algo del pasado, alguien del pasado. ¿Misma confianza? Yo sigo queriendo a todos los que me quisieron, podría saber, decir y apostar que ellos a mi, de alguna forma u otra, también. Es difícil, yo lo sé. Pero siempre podemos quedar y tomar un café.

Y aquí lo tenéis, la reflexión del día. Sed felices.

jueves, 7 de marzo de 2013

Esta es Jane.

La mujer que se olvidó de serlo. La mujer que se convirtió en alguien más, en un punto negro entre tantos otros. Esa es Jane. No tiene nada de especial, absolutamente nada. Su mirada, su sonrisa, es tan corriente como la del carnicero o la vecina del quinto. Jane no se encuentra nada especial, se ha forjado con la dolorosa idea de saber que ella no es nadie, que nunca llegaría a ser nadie, que no la mirarían por la calle y que su mundo se reduciría a una estúpida rutina que, después de saber de su esterilidad, no la llevaría nunca de nuevo a casa con una familia. Se pintaría una máscara al mundo y se convertiría en una mujer normal y corriente. Caminaría junto a los demás, un robot de la sociedad, un esclavo más del capitalismo. Nunca una palabra de aliento para ella, nunca nada que la hiciese sentir diferente la convirtió en una auténtica igual. Jane es aquella vieja camiseta junto a las deportivas manchadas, esa poca feminidad que desprende por cada uno de los poros de su piel porque se ha olvidado de que es una mujer y es preciosa. Ha dejado pasar todos los malditos trenes de su vida por miedo al error y por nunca creerse lo suficientemente buena como para subirse a ellos y ver cambiar su mundo. Se ha regido por el camino a casa andando desde el café, dar de comer al gato y tumbarse hasta que la noche caía sobre sus pies y la obligaba a acostarse. Enamorada de los momentos en los que nadie la obliga a pensar en nada, llorando por compromiso casi más que por sentirlo y completamente sola, siempre sola.

Es incapaz de ver que es bella, es incapaz de comprender que por ella misma haya una mirada que consiga sonrojarla. Se ha dejado, se ha dejado tanto que parece casi más mayor de lo que es. Se ha olvidado de lo que es intentar llamar la atención y envidia a aquellas mujeres que a su alrededor son hermosas, son tan hermosas que no les hace falta mucho más que una radiante sonrisa que haya derretir al mundo, que la haga derretir incluso a ella. Jane es una mujer que, a sus treinta y séis años aún sigue siendo insegura como a los quince, una mujer que se aferró al matrimonio a temprana edad porque decidió que era lo correcto, o porque quizá no encontró una vía de escape a la vida mejor. Es una mujer que no lloró cuando hablaron de aquel hombre, apodado su marido, que había caído con el coche al río y había muerto ahogado. Jane nunca ha llegado a saber realmente que era lo que quería y eso se le ve en los ojos. Los ojos dulces de ella se alejan de ser lo que deberían, pero no es que no lo sea, es que en el fondo ella sabe que no es nada, no habrá nunca un adjetivo que la califique, no habrá nunca un nombre, no habrá jamás por donde cogerla. Indecisa en la mayoría de sus decisiones porque tiene miedo a equivocarse de verdad, a caer, a estamparse contra el suelo. Considerando que su vida ya ha terminado y que lo que le queda no es más que lo que ha tenido anteriormente, un camino lento y rutinario que no le va a dejar tiempo para disfrutar de lo que le queda.

Se olvidó de lo que eran las relaciones sociales. Jane ya no conoce nada más que una bonita amistad con la que reír un par de veces para volver a la realidad de un hogar. Jane se ve incapaz, incapaz de llamar la atención de nadie, incapaz de entender que por un momento ella sería capaz de levantar cualquier otro instinto que no fuera alguna vez el de protección, por esas mejillas sonrosadas o por esas rodillas que se han estampado contra el suelo y ahora sangran. Hace cuatro años que murió su marido y hace cinco que no ha mantenido relaciones con nadie. El sexo es algo que ha olvidado, algo en lo que no ha experimentado, algo que no ha probado, algo que se ha perdido en su vida. Torpe en todos los sentidos cuando hablamos de esto. Su coleta mal hecha, su ropa manchada de café y aquellos viejos zapatos negros que no pegan con nada no la ayudan nunca. Jane no despertaría el instinto de nadie, ni siquiera de los animales. Acostumbrada a vivir el amor de los que tiene a su alrededor, capaz de rechazar a los hombres casi sin darse cuenta. Enamorada de todas y cada una de las parejas que entran en la cafetería, de los habituales, de aquella conexión sexual entre la motrena y el de los tatuajes, de los besos de despedida de aquel marido a su mujer delante de la puerta y de lo que se dejan por decir los abuelitos del fondo. Pero nunca en sus carnes, no por ella, no para ella.

Desnúdate.

El estallido de los platos al romperse contra el suelo de la vieja cocina de mi madre. El gruñido de él sobre mi piel ya no tan tersa. Pesaban sobre mi aquellos treinta y cinco años que yo siempre había considerado que estaban algo más cerca de los cuarenta. Sus besos sobre mi piel habían conseguido erizarme el vello y evitaba el cruzarme con aquellos imprudentes ojos claros. Posiblemente él sólo contaba con unos peligrosos treinta demasiado bien llevados bajo aquella piel excitantemente tatuada. Otra vez, las ollas contra el suelo, las sartenes contra la pared y mi trasero anclado a aquella encimera helada que nosotros nos encargaríamos de calentar. Mis manos se atrevieron a rozar el pecho trabajado del hombre del que no conocía ni siquiera identidad mientras me desprendía de un pudor que me acompañada desde los treinta, desde la muerte de un marido que jamás había regalado amor a un matrimonio asesinado justo antes de empezar. 

— Desnúdate. — la voz ronca del hombre sobre mi cuerpo me hizo volver a la realidad casi de golpe. Lo había pedido con tanta insistencia que la orden llegó a mis oídos al instante y me llevó a deshacerme de la camisa con una urgencia que en mi no conocía. La falda había desaparecido y mis pechos quedaron a su merced con una rapidez que muchos hubiesen envidiado. 

Allí, todavía contra la encimera, podía sentirle contra el interior de mis muslos. No había sensación más impura pero más real, no había nada que no me sintiese capaz de hacer en un momento como aquel, absolutamente nada. Sus besos, que descendían hasta atrapar uno de los pezones me estremecían hasta la auténtica locura. Me hubiese pasado la vida retozando en la cocina con un desconocido cinco años menor que yo. Sin entender todavía que estábamos haciendo allí, sin comprender aún porque él, sin confesarle nunca que el sexo había sido un tema tabú y que, probablemente, hacía casi séis años que nadie me tocaba así.

Sus gruñidos eran tremendamente sensuales, tanto, que su lengua recorrer mi ombligo se quedó olvidada en el momento en el que, mis manos, habían arañado su espalda y él había gemido, ronco. Sus manos, deseosas de llevarme a un cielo que estaba esperando. Descendía hasta el valle de mis piernas y me perdía en un placer desconocido y salvaje. Si las veces en las que mi marido me tocaban debían tener nombre y apellidos en mis pensamientos, serían los de él, aunque no los conociera, ni hoy, ni nunca.