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jueves, 6 de junio de 2013

Estúpida y sensual.

Sin pedir permiso, colada en mis pensamientos de una forma que ninguno de los dos había esperado. Sentada en mi cabeza balanceándose en el columpio de mis sueños sin haber llamado antes de entrar. "Esto no está bien". Si hay algo que lo esté que baje Dios y lo vea. Que me tiemblan las piernas al tenerla cerca y que sus labios son un fruto prohibido. Que Dios le dijo a Eva y que Eva mordió, yo también quiero morder pero le tengo demasiado miedo. Que dice no, y yo pido por favor un si de sus labios que me permita deslizarme por sus piernas una noche de locura hasta perder la maldita cabeza. Que no hay razón sólo condición y que ésta me enferma y ya no puedo aguantarla más sin perder el norte. 

Qué hoy por ti soy lo que me pidas. Aunque no quieras pedir. Aunque te niegues. Aunque no sea lo correcto. Aunque lo correcto me importe una jodida mierda hoy. ¿Le damos una oportunidad a los sellados labios que aún me piden en su silencio ser besados? No. Insistente que ataca, que duele, que araña como un gato rabioso. Sólo tú. Nunca había sentido algo así. No sé que es el amor. Esto es algo. Es distinto. Dime que lo sientes. 

No me engaño más, esa respuesta no va a llegar. Apartas mis miradas, caminas más rápido de la cuenta, no podré alcanzarte. ¿En qué jodido momento me fijé en ti? Te regalo mis buenas noches y promesas que no me dejarás cumplir. Si él ya no está yo puedo ser. Si no me dejas ser puedo seguir mendigando. Si mendigo es porque siento. Si siento es porque vivo. Si vivo es porque... ven.

jueves, 14 de febrero de 2013

No quiero.

Una noche más. Pasaba él uno de sus brazo sobre los hombros de ella y besaba su cabello, aspiraba su olor deseoso y volvía a concentrar su mirada en la televisión. Esta última no decía nada, algún anuncio de dentífrico mal diseñado. La lamparita de la mesilla les abrazaba tenue sin darles calor. El viento se colaba entre las rendijas de aquella vieja ventana y el anillo rodaba en su dedo, en el de ella, como un juguete sin ánimo de serlo que corría el peligro de romperse. ¿Qué pasaba por su mente? La pequeña Violeta se hacía mayor. Había cumplido los veinticuatro y llevaban juntos más de cinco. La pequeña Violeta, en otra ocasión habría sonreído. Hacía un par de meses que le había pedido matrimonio. Pero hacía más de tres que aquella radiante sonrisa se había cruzado en su camino. ¡Qué peligroso es el corazón!.

La mañana era helada. La nieve cubría las calles y ella llegaba tarde a la oficina, un trabajo aburrido, sin sonrisas encandiladoras de por medio. Se paró en la nueva cafetería de la esquina, que por razones que desconocía hasta ella misma nunca se había parado a pisar, y sin mirar al camarero concentrada en su nuevo Iphone séis y en los tres mensajes de su jefe le pidió un café con leche para llevar. Si la existencia humana no fuese tan caprichosa y si el corazón no nos pidiese más de lo que podemos darle probablemente las cosas se hubiesen quedado ahí. Pero en algún momento ella alzaría la vista y se la cruzaría con aquellos eternos ojos azules que la llevarían de nuevo a pisar de puntillas la cuerda floja de los sentimientos. El destino caprichoso se la llevaba de cabeza. Dulce. El azúcar se desparramó sobre la barra de forma torpe y descuidada porque ella no podía dejar de mirarle. El fue cordial. 

Todas las semanas se levantaba más temprano. Se vestía y salía corriendo para tomar el café en la mesa del fondo, esperando que él siempre la sirviese a ella. Que se acercase y le volviese a sonreír. Todos los días, incluso los fines de semana, el despertador sonaba media hora antes, una hora antes, hora y media antes. Se apoyaba en la barra y disfrutaba de las noticias del día con sus comentarios graciosos y esa chispa natural que nadie más que él podría tener. Tres meses atrás.

Una noche se sentaría en la mesa y le pedirían matrimonio. Uno lejos del joven del café recién hecho. Jorge era su novio. Mario quería ser su amigo. Las tornas se habían cambiado. El destino es caprichoso, casi tanto como lo somos nosotros. Hace casi dos meses que Violeta dio un si quiero que no sentía. Hace más de dos semanas que de reojo ve sonreír a Mario. Hace más de tres meses que no ama a Jorge. A Mario parecía que lo conociera desde siempre. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Desgarrado.

Has querido jugar a ser demasiado fuerte. Caes, tropiezas, te rompes, haces que el alma se desgarre como un viejo papel de periódico que jamás nadie ha leído. Por dentro hay cataratas sangrientas de dolor que se anudan con fuerza en el pecho y te oprimen hasta la garganta en busca de la falta de aire para respirar. Si pudieses detener el tiempo pararías las manecillas del reloj para siempre. No vivir más sabiendo que sin saber lo que de verdad deberías haber sabido. Extrañas vocecillas que susurran nombres al azar, que te impiden concienciar el sueño y que galopan en tu espalda como venenosos duendes endiablados capaces de hacer perder la poca cordura que a duras penas ha quedado. Espejos que no reflejan nada cual vampiro acicalado. Mentiras que se amontonan en los cajones de una habitación sin ventanas. ¿Cuanto más va a aguantarlo? Lo suficiente, aunque eso siempre es demasiado. 

Enrevesados los caminos de un corazón que late porque está obligado a ello. Preguntas que se quedarán sin respuesta y respuestas que nunca obtendrán preguntas.  Soluciones radicales que romperán otros corazones inocentes  quizá no tanto. Incapaz de decir lo que sientes por miedo a que ese mismo sentir sea el equivocado. Son esas cosas que nunca hablarán por si solas, esos momentos en los que sabes que se está quemando el alma. ¿Has hecho mal? Puede. Posiblemente no seas la única aquí que se ha equivocado.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Estados de ánimo.

Y se había encerrado en el cajón. Era frío, tan helado como ella, imposible de ser abierto desde dentro, se había desvanecido hasta caer bajo llave dentro del cajón. "Ya no quiero salir" repetía para un público que no podía oírla. "Dejadme morir en paz" murmuraba, desquiciada completamente. Ese momento de dolor interno que te arranca las entrañas secamente y con dolor, tanto que no eres capaz de soportarlo. El húmedo cajón se ceñía debajo de mil capas de desesperación, la locura lo carcomía y el veneno del alma lo enfermaba. Se retorcía de dolor y deseaba cual masoquista mucho más de este creyendo irónicamente que alguna vez se lo había merecido. Y si moría, que fuese por el bien y para el mundo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Los humanos, olvidan.

— ¿Juntos? 
— Para siempre. 

Sellaron aquella noche en un pacto repentino de amor. Y de ahí a la boda, la hipoteca, los críos, el estresante trabajo y la niñera de siete de la mañana a séis de la tarde. Se olvidarían con los años que una vez se hicieron una promesa de amor. Vivirían esclavos del Estado, tacharían en su lista de cosas imprescindibles los caprichos menos prescindibles y se equivocarían en todas las decisiones que tomasen hicieran lo que sea que hiciesen. Se verían envueltos en una espiral de mentiras que acabarían siendo verdad a medias y aceptando porque no les quedaría más remedio. Se olvidarían que una vez hicieron aquella promesa de amor mientras dan de comer a los tres niños que buscan el cariño de unos padres que se han sometido al capitalismo. Ahorrarían para la universidad de los niños y aspirarían a tener médicos y abogados en la familia. No apuntarían a la pequeña a teatro y evitarían que el grande se comprase aquella vieja guitarra que vio por internet y que prometían que era de su cantante favorito. A la mediana ni siquiera le prestarían atención. Se olvidarían que una vez se hicieron una promesa de amor y cuando se dieran cuenta él ya estaría en la cama con una muchacha viente años más joven que él, ella lloraría en su rincón de siempre y los niños despertarían asustados buscando una familia que al parecer ya no estaba allí. El mayor cumpliría los dieciocho y se marcharía de casa en busca de una estabilidad que se había desvanecido, más tarde, las otras dos, lo harían también. Se olvidarían que una vez hicieron aquella loca promesa de amor y aquella mujer, con casi cincuenta y cinco años a la espalda le pediría el divorcio para acabar con todo de una vez por todas. 

Se olvidaron de las noches en vela pensando el uno el otro. Se olvidaron de los besos al alba, de las risas escandalosas, de los momentos bonitos. Se olvidaron de la juventud, de la verdad, de la rebeldía y de las ganas de comerse el mundo. Se olvidaron de quererse y se quemaron por completo. Se olvidaron de aquella promesa que daba tanto y poco pensaba recibir. 

Él se abrocharía la americana negra y ella se enfundaría en un viejo vestido. Se mirarían al espejo por última vez y derramarían la lagrima más cruel de todas. Se estamparían de golpe contra la realidad y verían escritas en el cristal las palabras que les habían llevado hasta allí. Se sentirían débiles y morirían por dentro. Querrían haberse acordado alguna vez de lo mucho que habían dicho amarse un día antes de dejar que el tiempo los devorase. Pasarían los dedos por aquel viejo espejo una última vez y afrontarían la realidad a la que habían sido arrojados sin piedad. Se mirarían a los ojos por última vez y su corazón se encogería. Una ráfaga helada les azotaría dando un toque de atención y el abogado paliducho carraspearía buscando una mirada de comprensión a sus palabras. Él sonreiría, ella correspondería. 

— ¿Juntos? 
— Para siempre. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Vivir sin corazón.

La había amado hasta reventar. La había amado tanto que se había olvidado de lo que era vivir. Sus días se habían vuelto oscuras noches de las que ya jamás lograría salir. No le quedaba nada si no era ella la que le prometía amarle siempre. Las mentiras les habían llevado demasiado lejos, tanto que ahora los recuerdos le dejaban sin respiración. Había amado más de lo que había estado permitido en un principio y se había roto de forma estridente, así, sin alma. Un cadáver con costuras en el corazón que no sanarían ni aunque ahora estuviese vivo. Si historia había sido la más preciosa jamás contada, la más extraña y la más romántica, pero el final había sido el más trágico, para su desgracia.

Las tardes otoñales sentados en el parque, oliendo sus cabellos y dejando de que de ellos se desprendiesen las dulces hojas otoñales que se enredaban en sus hebras doradas. Esos recuerdos eran los que le estaban volviendo loco. Sus ojos clavados en aquel dichoso libro que no dejaba descansar y él no podría concentrarse más en otra cosa que no fuese en ella. Podía recordar como el viento se había llevado una de las páginas de aquel viejo libro y él, caballero como el que más, había salido corriendo en búsqueda de aquella perdida irreparable. La muchacha permanecía sentada bajo el árbol cuando él volvió envuelto en barro y con la página en la mano. Podía recordar lo mucho que había agradecido en la vida el tenerla a ella su lado. Porque se había enamorado perdidamente y ahora nada ni nadie lograría que las cosas cambiasen.

Era una fiesta en la playa. Supongamos que tenían veinte años. No se habían visto nunca en la vida más él, con sólo verla sonreír supo que quería casarse con ella. Espantaría dragones y por su sonrisa, dejaría desenvainada la espada en búsqueda de una plena protección y un camino sin zarzas. Ella venía con alguien. Ese alguien parecía tener al menos los veinticinco, pero ella no dejaba de sorprender con la tierna edad de dieciocho, posiblemente recién cumplidos. En ese mismo instante hubiese sido terriblemente capaz de pedirle una eternidad a su lado, sin conocerla, no le hacía falta más, pues los latidos acelerados de su corazón lo decían ya todo a gritos. Aquella noche ella también le vio, más desconocemos que era lo que sentía. Aquella noche se bañaron juntos a la luz de la luna bajo la mirada insistente del acompañante que parecía estar enteramente interesado en la muchacha, aquella noche la besó, escondidos bajo el agua, teniendo para el recuerdo el sabor salado de la mar y algo más efímero de lo natural.

Y se había ido. Vete tú a saber dónde con el acompañante aquel pero quince años después. Tras una vida juntos, una hipoteca, dos niñas y un sueldo fijo, ella se había ido. Y su corazón se había roto de tal manera que ya no le quedaban más razones de vida. Ella se había ido una noche trágica en la que habían hecho el amor. Se había despedido de manera absurda para no volver jamás. El vendaval de sentimientos le estaba quemado de forma cruel y despiadada, era letal. Le consolaba las respiraciones acompasadas de sus niñas en la habitación lindante. Ahora sabía cómo era vivir cuando te arrancaban de cuajo el corazón.