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jueves, 6 de junio de 2013

Estúpida y sensual.

Sin pedir permiso, colada en mis pensamientos de una forma que ninguno de los dos había esperado. Sentada en mi cabeza balanceándose en el columpio de mis sueños sin haber llamado antes de entrar. "Esto no está bien". Si hay algo que lo esté que baje Dios y lo vea. Que me tiemblan las piernas al tenerla cerca y que sus labios son un fruto prohibido. Que Dios le dijo a Eva y que Eva mordió, yo también quiero morder pero le tengo demasiado miedo. Que dice no, y yo pido por favor un si de sus labios que me permita deslizarme por sus piernas una noche de locura hasta perder la maldita cabeza. Que no hay razón sólo condición y que ésta me enferma y ya no puedo aguantarla más sin perder el norte. 

Qué hoy por ti soy lo que me pidas. Aunque no quieras pedir. Aunque te niegues. Aunque no sea lo correcto. Aunque lo correcto me importe una jodida mierda hoy. ¿Le damos una oportunidad a los sellados labios que aún me piden en su silencio ser besados? No. Insistente que ataca, que duele, que araña como un gato rabioso. Sólo tú. Nunca había sentido algo así. No sé que es el amor. Esto es algo. Es distinto. Dime que lo sientes. 

No me engaño más, esa respuesta no va a llegar. Apartas mis miradas, caminas más rápido de la cuenta, no podré alcanzarte. ¿En qué jodido momento me fijé en ti? Te regalo mis buenas noches y promesas que no me dejarás cumplir. Si él ya no está yo puedo ser. Si no me dejas ser puedo seguir mendigando. Si mendigo es porque siento. Si siento es porque vivo. Si vivo es porque... ven.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Desgarrado.

Has querido jugar a ser demasiado fuerte. Caes, tropiezas, te rompes, haces que el alma se desgarre como un viejo papel de periódico que jamás nadie ha leído. Por dentro hay cataratas sangrientas de dolor que se anudan con fuerza en el pecho y te oprimen hasta la garganta en busca de la falta de aire para respirar. Si pudieses detener el tiempo pararías las manecillas del reloj para siempre. No vivir más sabiendo que sin saber lo que de verdad deberías haber sabido. Extrañas vocecillas que susurran nombres al azar, que te impiden concienciar el sueño y que galopan en tu espalda como venenosos duendes endiablados capaces de hacer perder la poca cordura que a duras penas ha quedado. Espejos que no reflejan nada cual vampiro acicalado. Mentiras que se amontonan en los cajones de una habitación sin ventanas. ¿Cuanto más va a aguantarlo? Lo suficiente, aunque eso siempre es demasiado. 

Enrevesados los caminos de un corazón que late porque está obligado a ello. Preguntas que se quedarán sin respuesta y respuestas que nunca obtendrán preguntas.  Soluciones radicales que romperán otros corazones inocentes  quizá no tanto. Incapaz de decir lo que sientes por miedo a que ese mismo sentir sea el equivocado. Son esas cosas que nunca hablarán por si solas, esos momentos en los que sabes que se está quemando el alma. ¿Has hecho mal? Puede. Posiblemente no seas la única aquí que se ha equivocado.

lunes, 29 de octubre de 2012

Vivir sin corazón.

La había amado hasta reventar. La había amado tanto que se había olvidado de lo que era vivir. Sus días se habían vuelto oscuras noches de las que ya jamás lograría salir. No le quedaba nada si no era ella la que le prometía amarle siempre. Las mentiras les habían llevado demasiado lejos, tanto que ahora los recuerdos le dejaban sin respiración. Había amado más de lo que había estado permitido en un principio y se había roto de forma estridente, así, sin alma. Un cadáver con costuras en el corazón que no sanarían ni aunque ahora estuviese vivo. Si historia había sido la más preciosa jamás contada, la más extraña y la más romántica, pero el final había sido el más trágico, para su desgracia.

Las tardes otoñales sentados en el parque, oliendo sus cabellos y dejando de que de ellos se desprendiesen las dulces hojas otoñales que se enredaban en sus hebras doradas. Esos recuerdos eran los que le estaban volviendo loco. Sus ojos clavados en aquel dichoso libro que no dejaba descansar y él no podría concentrarse más en otra cosa que no fuese en ella. Podía recordar como el viento se había llevado una de las páginas de aquel viejo libro y él, caballero como el que más, había salido corriendo en búsqueda de aquella perdida irreparable. La muchacha permanecía sentada bajo el árbol cuando él volvió envuelto en barro y con la página en la mano. Podía recordar lo mucho que había agradecido en la vida el tenerla a ella su lado. Porque se había enamorado perdidamente y ahora nada ni nadie lograría que las cosas cambiasen.

Era una fiesta en la playa. Supongamos que tenían veinte años. No se habían visto nunca en la vida más él, con sólo verla sonreír supo que quería casarse con ella. Espantaría dragones y por su sonrisa, dejaría desenvainada la espada en búsqueda de una plena protección y un camino sin zarzas. Ella venía con alguien. Ese alguien parecía tener al menos los veinticinco, pero ella no dejaba de sorprender con la tierna edad de dieciocho, posiblemente recién cumplidos. En ese mismo instante hubiese sido terriblemente capaz de pedirle una eternidad a su lado, sin conocerla, no le hacía falta más, pues los latidos acelerados de su corazón lo decían ya todo a gritos. Aquella noche ella también le vio, más desconocemos que era lo que sentía. Aquella noche se bañaron juntos a la luz de la luna bajo la mirada insistente del acompañante que parecía estar enteramente interesado en la muchacha, aquella noche la besó, escondidos bajo el agua, teniendo para el recuerdo el sabor salado de la mar y algo más efímero de lo natural.

Y se había ido. Vete tú a saber dónde con el acompañante aquel pero quince años después. Tras una vida juntos, una hipoteca, dos niñas y un sueldo fijo, ella se había ido. Y su corazón se había roto de tal manera que ya no le quedaban más razones de vida. Ella se había ido una noche trágica en la que habían hecho el amor. Se había despedido de manera absurda para no volver jamás. El vendaval de sentimientos le estaba quemado de forma cruel y despiadada, era letal. Le consolaba las respiraciones acompasadas de sus niñas en la habitación lindante. Ahora sabía cómo era vivir cuando te arrancaban de cuajo el corazón.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Sueños enlatados en una lámpara de metal, cómo los genios.


Vivimos en un mundo en el que el dolor nos ha obligado toda la vida a mantenernos fuertes. Vivimos momentos que nos consumen, que nos hacen desear nuestra propia muerte. Hay veces que todo carece de sentido y otras que nos sentimos afortunados de seguir con vida. Con Vincent todo aquello pasaba de golpe. Era un huracán que se lo había comido, que le había mordido la cara como un perro rabioso. Ahora se miraba al espejo, apretaba la corbata contra su cuello con decisión y cogía las llaves del coche dispuesto a deshacer los errores que había cometido días atrás. Anastasia era para Vincent un reto que le había hecho arder en las llamas del averno. Le daba tanto miedo como le gustaba y aquello no podía estar bien. Si algo no podía evitar era necesitarla, no tenía ni idea del tiempo que llevaba sin verla desde que la dejó en su casa aquella tarde nublada de verano en la que, afligida por el momento, se sinceró con el actor destrozándole el corazón, algo que la rubia no sabría jamás. Sentado en el asiento del piloto y girando cada esquina como si de una carrera se tratase el Vincent sensible había dejado dormida a una Sandy en una cama demasiado grande para ella y esperaba encontrarse a Sia ya esperando. Vestido no para una ocasión así había guardado en secreto el momento, lo había sellado, porque cuando él quería las cosas podían cambiar mucho.

Le había enviado el mensaje haría unos quince minutos. Si se daba prisa aún tendrían tiempo de mucho. Le importaba bien poco lo que pudiese decir. Había llegado un momento en su vida en el que no el tenía miedo a nada más que a su corazón, que latía a toda prisa como el del quinceañero despreocupado que ha quedado con la chica de sus sueños, una mentira bastante lejos de la realidad que era otra muy distinta. Se iba a encontrar con la mala cara de la rubia para llevarla al lugar perfecto, con la temperatura perfecta y con el acompañante imperfecto. Se remangó la camisa y aparcó el coche delante de la casa de la chica apagando las luces para no levantar sospechas. Era tarde, demasiado, pero le urgía tenerla a su lado, quizá nunca entre sus brazos, quizá jamás podría sentir por ella algo más que una enfermiza amistad pero se conformaba con que no le odiase. Me duele que no pueda decirte que me muero pero más me duele sentir que ya no quieres verme, estar a mi lado. Pedirle perdón por un ataque de dolor repentino, por unos celos prohibidos, enseñarle que él podría ser mejor pero que nada de eso está bien. Al menos, por una noche, alejarla de la realidad que la rodeaba, que los ahogaba a los dos para mostrarle que, más allá de las noches de llanto y el placer de las sábanas de seda existe un amigo que se ha forjado una vida a base de dolor que aún la quiere, que aún la sueña, que aún tiene la esperanza de que ella no se olvide jamás de que ha existido un hombre llamado Vincent capaz de quererla hasta no saber dónde estaba el límite.

martes, 9 de octubre de 2012

No soy cruel, soy lo que tú elegiste.


El aliento helado rozó su nuca justo en el momento de alzarse para poder plantarle cara, como lo había hecho más de una vez, como le dictaba el corazón que hiciese. Era él el que conseguía que ella perdiese una y otra vez. Le ardía el alma, como le arde al condenado en el infierno. Las manos de él se amoldaron a su cintura como si hubiesen sido diseñadas para ello, apretando el cuerpo de ella contra el suyo propio, haciendo que su pecho quedase completamente pegado a la espalda de la joven y que una de sus manos se atreviese a deslizarse por su vientre mientras la otra ascendía hacia su pecho. Podía notar la respiración de él sobre su oreja y la lengua precipitarse hacia su cuello. Podía volver a caer y nadie se lo tendría ya en cuenta, podría volver a maldecirle en silencio y nadie se lo tendría ya en cuenta, había perdido tanto que ya nadie se lo tendría en cuenta. Estaba sola.

Fue cuando los dedos del hombre se atrevieron a desabrochar el botón de aquellos tejanos cuando la muchacha se estremeció y cerró los ojos con fuerza. Temía echarse a llorar. Le amaba, como nunca había amado a nadie, y le había destrozado también la vida. Las manos de ella apretaron con fuerza la cintura de él mientras arqueaba la espalda y su cabeza se amoldaba perfectamente al hueco de aquel fibroso cuello. Silencio. Sólo la respiración del que había sido su gloria y su perdición se oía en la sala. La había engañado, una y otra vez, lo había visto, una y otra vez, y ella, estúpida, seguía tras él, porque se moría por él. Juraba que era su vida, juraba que sin él no podía, se derretía ante su mirada y era débil a sus palabras, y caía, en sus brazos desesperada caía.

Una lágrima valiente descendió por su mejilla y él estampó con fuerza el cuerpo de ella contra una de las paredes con esa mezcla de odio y lujuria tan peligrosa. Lamió la lágrima y gruñó sobre sus labios. Bendito fuese el héroe de sus sueños que la sacase de allí y la salvase de una muerte casi inminente. Él, introdujo su mano en los pantalones de ella rozando la lencería de ella. ¿Gritar? ¿Por qué iba a gritar si él lo era todo? Negó con la cabeza mientras su espalda aún se resentía culpa del golpe y la boca de él se amoldó a su cuello con facilidad, dejando besos feroces y poco cuidadosos. Él, no iba ni siquiera bebido, él era así. Aquellas noches en que se dejaba llevar por la luna pasional y no tenía a nadie más para saciarse que su bendita mujer, tan suave y tan dulce, tan pura y tan sensual a la vez. De tez blanca y ojos ambarinos, ella, la luz de los días sin sol, la que se imaginaba a otro cuando, su marido, decidía frenar el impulso sexual con ella.

Cruzó de forma casi efímera la belleza de aquel que se lo había dado todo y del que tan poco había aceptado. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro cuando, su marido, ya había introducido la mano bajo su camiseta de algodón y se atrevía a rozar los senos de ella sobre la ropa interior. Se atragantó entre recuerdos de besos sabor a agua salada y benditas caricias sin un ápice de ferocidad. Él se dio cuenta y golpeó con fuerza la pared para clavar su mirada en el ámbar de ella. Negó con la cabeza y acarició su mejilla, caricia que se transformó en una garra que arañó la suave y marmórea piel de ella haciéndola gritar de dolor.

-  No te atrevas a pensar en otro, nunca te hará feliz. – susurró él a su oído haciendo que, por fin, ella estallase en lágrimas y cayese al suelo de rodillas entre gritos desgarradores y desesperado que, sin más, se mezclaban con una risa tosca por parte de aquel que había sido su gloria y que, ahora, era su maldita condena.