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jueves, 6 de junio de 2013

¿Cena para...?

El problema en aquella casa es que nadie le entendía. En parte porque él no había querido que lo hiciesen, más nunca se atrevería a aceptar que eso mismo era cierto. Que todo había cambiado y que él, en aquellos momentos seguramente se sentiría más a gusto con sus hombres que lidiando con problemas familiares que, en su estado, se le iban de las manos. Había matado a un hombre ¿Ninguno de ellos podía entender aquello? No, porque no lo había dicho, no en voz alta, y le reprimía de forma que se exaltaba con cualquier comentario mal dicho, cualquier error, sin importar lo pequeño que llegase a ser. Su perdida mirada se clavó en su mujer cuando esta detuvo a su hija dándose cuenta de que él ya no era capaz de esto aunque su mismo tono de voz llegase a asustarlas. Su mirada se relajó, aunque sólo lo haría unos instantes. No se tenía que ser especialista para darse cuenta de la tensión en el cuerpo de Sam, completamente constante, su cuerpo erguido, sólo sus brazos se atrevían a moverse para llevarse a la boca un trozo de cualquier cosa, tanto pollo como puré. Sus ojos, cuando te miraban, no parecían hacerlo, te traspasaban cual fantasma de unas navidades que ni siquiera llegaron. Como si en realidad tú mismo no estuvieses allí, frente a él, sólo una sombra extraña que en su misma vida ya no tenía ni voz ni voto. Sam era sólo un recuerdo de algo que dejó lejos y que se lo llevó una muerte en sus propias manos, que ahora era difícil de recuperar, digo difícil, no imposible. 

Más fue la respuesta de su hermano la que no le gustó. Pues sabía muy bien que, aunque a Grace no le gustase, probablemente callaría, o no, no sabía tampoco como le había afectado a ella la supuesta muerte de su marido y su regreso. Aunque a lo mejor, y esto sólo pasaba por la mente de Sam, sería más feliz acostándose con Tommy sin tener que esconderse de él, su marido, la única persona a la que decía haber amado en su vida. Porque Sam podía verlo y adecentaba su misma locura, Tommy y Grace tenían algo, y no se creía lo de un beso confuso, mentiras, burdas mentiras que una persona como él nunca creería. 

- Tú no sabes que es lo que necesito, Tommy, si lo supieses muy posiblemente ni siquiera estarías ahí sentado. - 

Soltó, como si nada, uno de aquellos comentarios que Sam nunca hubiese dejado salir de sus labios en una cena como aquellas, más la tensión que se respiraba ya era más que evidente y en sus estado bien poco le importaba dar a entender lo que él mismo pensaba ¿Delante de sus hijas? Y del mismísimo Señor si bajase a cenar con ellos aquella noche, en la que la luna se ensombrecía bajo la atenta mirada de un Sam que ya parecía no sentir. El pollo cayó sobre su hermano, y Sam ni siquiera se inmutó. Dejaba su mirada azul marino, vacía, clavada en su Tommy cual cuchillos que atraviesan sin ser vistos y que luego, pasan factura.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Sueños enlatados en una lámpara de metal, cómo los genios.


Vivimos en un mundo en el que el dolor nos ha obligado toda la vida a mantenernos fuertes. Vivimos momentos que nos consumen, que nos hacen desear nuestra propia muerte. Hay veces que todo carece de sentido y otras que nos sentimos afortunados de seguir con vida. Con Vincent todo aquello pasaba de golpe. Era un huracán que se lo había comido, que le había mordido la cara como un perro rabioso. Ahora se miraba al espejo, apretaba la corbata contra su cuello con decisión y cogía las llaves del coche dispuesto a deshacer los errores que había cometido días atrás. Anastasia era para Vincent un reto que le había hecho arder en las llamas del averno. Le daba tanto miedo como le gustaba y aquello no podía estar bien. Si algo no podía evitar era necesitarla, no tenía ni idea del tiempo que llevaba sin verla desde que la dejó en su casa aquella tarde nublada de verano en la que, afligida por el momento, se sinceró con el actor destrozándole el corazón, algo que la rubia no sabría jamás. Sentado en el asiento del piloto y girando cada esquina como si de una carrera se tratase el Vincent sensible había dejado dormida a una Sandy en una cama demasiado grande para ella y esperaba encontrarse a Sia ya esperando. Vestido no para una ocasión así había guardado en secreto el momento, lo había sellado, porque cuando él quería las cosas podían cambiar mucho.

Le había enviado el mensaje haría unos quince minutos. Si se daba prisa aún tendrían tiempo de mucho. Le importaba bien poco lo que pudiese decir. Había llegado un momento en su vida en el que no el tenía miedo a nada más que a su corazón, que latía a toda prisa como el del quinceañero despreocupado que ha quedado con la chica de sus sueños, una mentira bastante lejos de la realidad que era otra muy distinta. Se iba a encontrar con la mala cara de la rubia para llevarla al lugar perfecto, con la temperatura perfecta y con el acompañante imperfecto. Se remangó la camisa y aparcó el coche delante de la casa de la chica apagando las luces para no levantar sospechas. Era tarde, demasiado, pero le urgía tenerla a su lado, quizá nunca entre sus brazos, quizá jamás podría sentir por ella algo más que una enfermiza amistad pero se conformaba con que no le odiase. Me duele que no pueda decirte que me muero pero más me duele sentir que ya no quieres verme, estar a mi lado. Pedirle perdón por un ataque de dolor repentino, por unos celos prohibidos, enseñarle que él podría ser mejor pero que nada de eso está bien. Al menos, por una noche, alejarla de la realidad que la rodeaba, que los ahogaba a los dos para mostrarle que, más allá de las noches de llanto y el placer de las sábanas de seda existe un amigo que se ha forjado una vida a base de dolor que aún la quiere, que aún la sueña, que aún tiene la esperanza de que ella no se olvide jamás de que ha existido un hombre llamado Vincent capaz de quererla hasta no saber dónde estaba el límite.