Pocas cosas son las que realmente sé. Sé que me gusta. Sé que me atrae ¿Sé hasta que punto? Nunca sabré hasta que punto. Deslizando suavemente las sonrisas por el conducto de la locura y la enfermedad siempre nos topamos con la misma clase de muro, ese que es difícil de saltar. Y entonces locamente te sonríe, y aunque está ahí no puedes tocarle, completamente inalcanzable. ¿Habrá pensado en mi alguna vez? Niegas, porque debes negarlo. Otros brazos le acunarán esta noche. Me pegaré a mis sueños otra vez, una más, una tras otra para poder vivir de la esperanza de sentir algo que está prohibido en mi mundo. Recordaré, como su risa ha atrapado mi corazón rebelde y como su nombre se ha repetido y mi cabeza una y otra vez como las campanas de aquella vieja iglesia que a deshora vuelven a sonar. Abrazas el silencio por no acogerte al ruido y no volverte loca. Te sientas. Te levantas. Te vuelves a sentar. Bienvenido a mi mundo, esperaba que no esterases jamás. ¿Conoces eso? Un mariposeo. ¿Lo entiendes? Te estás colando. Bombea la sangre hasta que te deja sin aliento. Esa cabellera rubia es ahora mi tortura. ¿Moriré por desear enredarla entre mis dedos? Si es por amor yo muero y si es por querer se supone que quiero.
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miércoles, 13 de febrero de 2013
martes, 16 de octubre de 2012
Se llama Ginebra.
Su mirada era tan dulce como el azúcar, un océano infinito dónde podría perderme. Juraría que ya la había visto en otra parte. ¿En la carnicería, quizá? Incluso las mujeres tan preciosas como ella debían de comer algo de carne. O quizá era vegetariana. Podríamos descartar la carnicería. Era un lugar más frecuentado aún. Era un lugar de película, de esos en los que parece mentira que alguien pueda conocer a otro alguien, en realidad no la había conocido, sólo la vi pasar y la tache de amor de mi vida, cosas que pasan. Pasan porque a mi me solían pasar muy a menudo. Siempre acertaba, lo que pasa que con las mujeres parecía no funcionar. Había desistido hacía meses. No, años no, he estado desesperado unos cuantos más de los que debería. Tenía una cabellera rubia y larga, creo que no llegaba a su cintura pero se acercaba. Se contoneaba como una maldita Diosa y yo no podía apartar la mirada de ella, ni yo ni la docena de tíos de... dónde fuese que la vi por primera vez. Juraría que jamás perfección igual había llegado a mis ojos, pero lo mejor de todo estaba por llegar.
Yo, de lo más mundano. Decía que medía uno ochenta cuando no llegaba al metro setenta y cuatro. Juraría que ella al menos medía uno setenta y siete, no me la quería imaginar entaconada. El color de mi pelo era una mezcla extraña entre el castaño y un pelirrojo raro que no le gustaba a nadie. A mi me encantaba. Creo que es de aquellas cosas que le hacen a uno ser ese mismo uno y no otro diferente ¿Me explico? No, yo no era rubio ni brillaba mi pelo al sol como hebras de oro, pero, a pesar de todo, tampoco era un adefesio, mirarme no era tan difícil, creo yo. De lo que no me he podido quejar es de mi cuerpo atlético, me encanta. Mi nariz es algo más grande de la cuenta pero mis ojos verdes ayudan a esconder todo lo "anormal" que pueda llegar a eclipsar mi rostro. ¡Maldita sea, no soy feo! Soy del montón. Tras mi oreja se dibujaba una bonita ala angelical, casi tanto como ella, adoro sentirme libre, sentir que el mundo es libre aunque no sea realmente cierto. De sueños se vive, yo soy un soñador, por eso sueño con ella.
No te digo que me he enamorado porque diría la verdad y ahora mismo prefiero mentirte. Es mona. Gilipollas, está buenísima, he dicho ya que es una diosa ¿A quién engaño?. "Una mujer como ella no se fijará en un hombre como tu, Mario." ¿Un consejo? A los amigos ni caso. Ni agua. ¿He dicho ya que era preciosa? Rubia, de ojos azules, de tez clara. ¡La conocí en la estación! ¿Cómo no me he acordado de ello? Claro ¿Quién en la vida real conoce a alguien en una estación? Bueno, que no la conocí, sólo la vi. Sólo cruce mi primera mirada. Sólo perdí la noción del tiempo. Sólo pedí a Dios en un susurro desesperado que ella se fijase en mi. Sólo suplique, de rodillas, una mirada que quedase a fuego entre los dos, por siempre. Y rogué, entonces, que volvérmela a encontrar sería el único motivo real por el qué lo dejaría todo. ¿Se puede enamorar uno frente a una sola corriente eléctrica esperando un maldito tren en una maldita estación? Se llama, Ginebra, y es incluso más adictiva que la que ya conocemos.
jueves, 11 de octubre de 2012
La complejidad femenina.
Vete para que no te pueda amar. Olvida para que yo pueda olvidar. No, no te acerques, no, no me llames. No quiero saber que existes. Quiero olvidar que deseo olvidarte porque jamás te he conocido, no he querido conocerte. Evitaré sentir que me miras con esos ojos que me piden que me quede para siempre. Flagelaré mis sueños cuando lleven tu nombre. Me duele el alma y no sé porqué, ya que no me acuerdo de ti. Desconocido, no voy a girarme a verte una vez más, eres como la chica del bolso marrón o el joven de la camisa azul, desconocido. No vuelvas a llamarme por mi nombre, no sabes quien soy, yo no quiero saber quien eres. Para ti un suspiro en el viento, para mi una mancha borrable. No me mires a los ojos, no te he dado permiso. No voy a morir amándote porque hoy no sé ya quien eres. No voy a vivir deseándote porque no soy capaz de permitirme un lujo semejante.
Vuelve para que te pueda amar. No dejes que te olvide jamás. Acércate y vuélveme completamente loca, te suplico que vuelvas a llamar. Existes, yo sé que lo haces. No quiero olvidarte porque no sé como lograr algo así. No evitaré sentir que me miras deseando que vuelva a tu lado porque soy yo la que se muere por hacerlo. Daré gracias a Dios cuando tú en mis sueños beses mis labios una vez más. Me acuerdo de ti a cada segundo y es por eso que mi alma siente que va a estallar. Tú no eres el joven de la camisa azul y por supuesto no llevas bolso. Eres el joven de ojos ambarinos que me ha jurado la eternidad, al que he creído y al que sigo esperando hasta la perdida de cordura. ¡Por Dios llámame por mi nombre una y otra vez! No hay melodía más preciosa que saber que te acuerdas de él, de mi. Para ti un suspiro en el viento, para mi la pura necesidad irremediable de amarte, de tenerte, de tocarte. Mírame a los ojos pero no te olvides de recordarme que tú sientes lo mismo que yo. Voy a morir amándote porque es lo único que sé hacer. Voy a vivir deseándote aún a sabiendas que me costará el corazón, el alma y la vida. Aún sabiendo que no puedo permitirme un lujo semejante.
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